Durante años viví en espacios que, sobre el papel, estaban bien, pero en los que mi cuerpo nunca terminaba de aterrizar. Sentía una irascibilidad sin causa aparente al cruzar el umbral y una fatiga que el descanso no lograba reparar. No era una falta de voluntad; era mi sistema nervioso registrando tensiones invisibles en el entorno.
Notaba que algo no encajaba. Una luz que vibraba en la periferia de mi atención, un flujo de paso interrumpido que me obligaba a micro-ajustes constantes... pequeñas fricciones que, acumuladas, se convertían en una carga silenciosa. Entender que el cuerpo no opina, sino que registra, fue lo que cambió las reglas del juego.